De la averiguación nació el encanto. Encanto desconocido, pero que ya imagino casi como si caminásemos por esa ciudad…

 Partimos por la cancha. En capital, un par de cuadras, dice el tipo del remis, que nos coge en el aeropuerto de Ezeiza. Lugar de tangueros y machos, acota, para describir a La Boca.
Sacas el fútbol a colación, era probable. Y el chofer, bostero -ya lo sabes por el banderín azul amarillo que cuelga de la guantera- nos trata de chilenitos. No duda en tirar un los gallinas de pecho frío, amargos, refiriéndose a River Plate. Y Colo Colo entra gratuitamente en la conversa. También les ganamos, le recuerdas un 3 a 1 y una tal Copa Libertadores, vanagloriando, sin que nadie pregunte, acerca de 28 estrellas. Cuando comienzas a recordarlas en silencio, el remis se detiene en El Caminito, aquel paseo de colores pulcros, precisos, vivos, en el que se huele sentimiento porteño.

Y como reza el refrán preguntando se llega a Roma, mientras la sed ataca duro, de dato en dato terminamos en un barcito típico del sector. Pides cerveza. ¿Birras?, te consulta el mesero, interpretando tu acento trasandino. Yo me río de las cumbias villeras y de las guayaberas colorinches que se lanzan contra la vista. Pienso en lo bien que te queda el rojo.

Continuamos. Basta caminar un poco para llegar a ese lugar que Serrano nombra en “Buenos Aires 2001”.  Barrios viejos, tranquilos, mucha madera e inmigrantes. Así lo habrá visto Gardel cuando recitaba los cien barrios porteños. Así lo vemos nosotros, quizás con menos nostalgia que sus habitantes. Para mí es el barrio de Mafalda y su querida Burocracia. Para ti, de canciones y literatos. Aún así, las fachadas de colores desteñidos, cuentan una historia. Hablan de una Argentina de siglos pasados, que se refleja en sus faroles, sus ventanas viejas y en sus calles de adoquín. Hablan de esclavos, como lo hace la Casa Mínima, que mide tan sólo 2.50 metros de ancho, primer encuentro con el Pasaje San Lorenzo, rincón base de San Telmo.

Estamos entre Chile y Avenida Independencia, por Balcarce y Defensa, parte del Casco Histórico de Buenos Aires. Allí, además del tango se escucha el candombe y la murga. Mientras, los bares invitan con sus puertas de cantina antigua. Decides tomar la primera foto del viaje. Le pido a un tipo de mandil negro que nos la saque. Luego pactamos sacar unas más casuales, mientras el mesero de acento exótico -bastante lejano al resbaladizo argentino- nos invita a pasar al Bar Sur. Intenta engancharnos con una copa de vino, explicándonos que la especialidad de todo el sector son las pastas. Preferimos guardar el olor a carne asada de La Boca y alejarnos de aquel bar por el que anduvo alguna vez Vargas Llosa.

Guebara Bar. Sí, pese a su b (larga), te llama la atención. Nos dicen que por allí podemos toparnos con La Bersuit. Su toque underground se lo da la música británica. Tenemos tiempo de sobra para tanguerías, decidimos entrar. Pides cerveza y nadie te corrige. Yo pido un fernet. Me das una mirada cálida, como si recién estuviésemos conscientes de que estamos allí, solos, sin horarios ni planes fijos. Sin una alarma por la mañana, ni una llamada que recorte el tiempo. Sólo con la llave de la hostal donde dejamos un poco más que las maletas al salir.

Pese a ser tan sólo el inicio del pequeño viaje, ya siento las ganas de que no se acabe. Propones que vivamos en Argentina y desde allí comencemos un recorrido por el mundo. Utopías, pienso. Me corriges citando a Galeano: “las utopías sirven para caminar”. Y caminamos por Defensa, rumbo a ese parque en el que querías estar. Allí Don Pedro de Mendoza fundó alguna vez Buenos Aires…

“Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad y es no resignarse”, anuncia Sabato en una placa homenaje, justo en la entrada. Me cuentas que dos personajes de uno de sus libros -Sobre héroes y tumbas- se conocen en la estatua de Ceres. Aprovechas de describir al Ernesto que alguna vez firmó autógrafos en el Lezama. Me hablas de sus gafas, similares a las de Allende, mientras paseamos entre olmos, acacias, magnolias. Termina tu relato y nos sentamos en la fuente Du Val D’Osne. Termina tu relato y una bonaerense nos cuenta que en la Plaza Dorrego venden antigüedades los domingos. Imagino, palpo en la mente una vitrola con perfume naftalínico, que en ese instante me agrada tanto como el tango, ese pensamiento triste que se baila, como lo describió Enrique Santos Discépolo. (…)

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