La verdad, no alcancé a fumarlos ni a conocerlos. En los años del Chicho a la presidencia, cuando eran uno de los únicos cigarrillos en venta, junto con los Hilton, yo no estaba ni en la líbido de mis viejos. Pero por ahí, uno de mis amigos, el busquillas Farías, me habló sobre el tema.

Se decía que el nombre-cosa que se puede corroborar – hacía alusión al Plan Z, supuesto autogolpe del Gobierno de don Chicho, divulgado por los señores militares.

Mitos, dicen algunos. Coincidencia, piensan otros. El punto es que varios se dieron la paja de pescar la cajetilla, ponerla frente a un espejo y leer un “Z Now” (“Zeta ahora”, para los unilingües). Otros, más sugestionados -o tal vez, verdaderos descifradores de códigos de estrategia- veían en el auto Fórmula 1 del paquete, la cara del Che. Y al último hay gente un poco más perturbada, como mi hermana, que jura haber  visto a Pinochet con su traje azul y la franja dorada de su boina.

¿Mitos, mensajes subliminales?. No lo sé. Es como tragarse el cuento del último capítulo -nunca visto por alguien, pero que todos creen que existe- del gato cósmico. O la historia de que Pink Floyd tocará en el Valle del Elqui. O que todos tenían un amigo que defendió a su polola de unos flaites, diciéndoles “¿qué te pasa con la culeá?”.

El tema es que los Monza se fumaron -técnica y literalmente hablando-. Y no sólo ellos se fumaron -y esfumaron para pesar de quien extraña lo añejo- . Se esfumaron los Hilton, primeros cigarrillos chilenos con filtro. Se esfumaron los Advance, los que mi vieja me mandaba a comprar y ningún tipo me los negó por ser menor de edad. Se esfumaron los Life, que vendían a $30 en la salida del colegio. Se esfumaron los Málaga, los Pacific, los Colo Colo, y los Turbo, que eran para el pedigree. Y llegaron los light, los superlight, los ultralight, los uno, los dos, los tres. Hasta los ocho, mientras el resto quedó sólo en la memoria de grandes y antiguos fumadores.

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