Eran los tiempos de sentarse con pan tostado y un vaso de leche a ver Pipiripao. Tiempos donde lo que menos importaba era que la señal de UCV televisión se viera como el ajo. Y ahí estaba la rubia, la única a la que he admirado en mi vida: Ratavari. La de la caminada sensual, la de piernas largas, la de cintura perfecta. La que con su provocativa forma de fumar, su boquilla y sus calaveras, encandilaba a cualquiera. La mandamás de los dibujos animados, la jefa, la que tenía el poder sobre un montón de secuaces torpes, entre ellos los incondicionales rufianes: Huamazo, el flacuchento de bigote a lo Dalí y Rufino, el mastodonte de dientes grandes.

Fue extraño y tal vez por ese motivo es que esta serie marcó mi infancia. A esa edad todavía se creía en los cuentos de hadas. Todavía se esperaban finales donde el bueno se salía con la suya. Sin embargo, extrañamente, mi único deseo era que Ratavari, la villana a la que hasta el día de hoy aplaudo, encontrara los dinamantes que buscaba y los protagonistas fueran sometidos a la esclavitud y a lamerle eternamente sus botas.

Factor influyente de ese pensamiento, fue mi odio a primera vista hacia Selena, la nieta del perdido doctor Kilovatio, quien con su voz de mosca muerta y sus ojos de huarisapo, siempre conseguía acaparar la atención del  protagonista: Cosmos – aunque poco y nada tenía de sexy frente a He-man-.

Y como toda serie, nunca conseguí ver el final. Dicen que el abuelo, creador de la Crononave, andaba paseando por la prehistoria, época que a la hueveta de Selena nunca se le ocurrió ir. Inepta.

Pero eso poco importa. El centro de mi atención- y supongo que de muchos- siempre fueron los villanos que por cosa obvia siempre perdían, acabando con el clímax del capítulo. Siempre caían en la parte maestra del plan, el momento en que harían estallar en mil pedazos la Crononave con su ridícula forma de escarabajo. Siempre caían en el momento en que la niña de pelo azul quedaría reventada en la pantalla de mi televisor, junto con el loro comegalletas.

Pero esto nunca sucedió y, como muchos, debía conformarme con la autodestrucción de los malos. Debía conformarme con seguir pensando que la próxima vez si destruirían a la maldita Selena.

Y para pasar la angustia de esa eterna espera, me limitaba a seguir viendo a una Ratavari, la rubia sensual, la bendita rubia, con su corset negro destruído y algo mucho más que su maldad al aire.

Canción serie

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